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martes, 17 de julio de 2012

Balcón mediterráneo

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A más de 120 kilómetros por hora había perdido la orientación y ya no sabía por dónde seguía la carretera. De pronto las líneas que me habían estado guiando se habían vuelto locas y como en 2001 una odisea del espacio, una avalancha de imágenes se atropellaban frente a mí.
 

Líneas curvas que radiaban hacia fuera y hacia adentro, rayas discontinuas, rayas sencillas, rayas dobles, bandas anchas, oblicuas, perpendiculares, paralelas, y no sé cuántas cosas más y de qué forma tan desconcertante habían pasado bajo las ruedas de mi coche a gran velocidad. Podía haber ocurrido lo peor, haberme salido de la carretera, ir a incrustarme contra el tronco de algún árbol o dado unas cuantas vueltas de campana antes de impactar contra alguna roca, pero milagrosamente me mantuve en el camino y en un instante todo volvió a la normalidad.
Otra vez delante de mí se extendía plácidamente el zigzagueante trazado que contorneaba la costa, unido a las bellísimas vistas que ofrecía ese balcón sobre el Mediterráneo.

Horas después estaba con mi francesita. Mi cuerpo tostado por el sol haciendo resaltar mis ojos azules y mis cabellos rubios, mi aplomo, el mar, la brisa salada y el vaso perlado de gotitas de una cerveza helada, eran todos ellos ingredientes necesarios para que el tiempo transcurriera de aquella manera y me sintiera tan bien.




jueves, 2 de febrero de 2012

Que cada uno sea como quiera

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No, no. No se trata de un concurso de belleza. Ni de: ¡A ver quién es más original! Se trata de una de las mejores cosas que se pueden sentir en la ciudad en que vivo: Que cada cual puede ser como quiere y a (casi) nadie le asombra ni le disgusta.



Claudio Giovanni Antonio Monteverdi (Cremona, 15 de mayo de 1567 - Venecia, 29 de noviembre de 1643) fue un compositor, gambista y cantante italiano.

Marcó la transición entre la tradición polifónica y madrigalista del siglo XVI y el nacimiento del drama lírico y de la ópera en el siglo XVII. Es la figura más importante en la transición entre la música del Renacimiento y del Barroco.


lunes, 23 de enero de 2012

Los abandonados

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Cuando llegó Chiquita teníamos dos perros grandes y ella era cachorrita, de ahí el nombre que ya no cuadra pues ahora es la segunda más grande en el ranking. Un día estábamos entrando las bolsas de la compra y aprovechando que estaba la puerta abierta se nos coló dentro. La zona en que vivo está muy próxima al monte, es un sitio donde es habitual el abandono de perros y ya nos hemos acostumbrado a verlos pasar, asustados, sucios y hambrientos pero siempre inofensivos. Chiquita debía haber sido una recién abandonada pues estaba perfectamente limpia y alimentada. Era muy graciosa y no pudimos negarle el asilo que casi ni ella misma había solicitado.

De izquierda a derecha: Larga, Rojito, Mamita y Bebita

Con Rojito y Larga ocurrió que una vecina apidándose de ellos, pero sin llegar a la adopción, se preocupó de que no les faltaran agua y comida. El resultado fue que los perros dejaron de vagabundear y se hicieron habituales del barrio. Conocían tus horarios y estaban atentos para venir a saludarte, mordisqueándote las manos y demostrando su alegría con los rabos. A estos dos se sumó después una tercera que por el aspecto de sus mamas acababa de ser madre. Al final todos los vecinos estábamos encariñados con ellos, pero nadie se decidía. Nosotros, los días de lluvia los dejábamos entrar para que se resguardaran y por la mañana les abríamos la puerta y salían escopetados a sus quehaceres perrunos. Hasta que un día decidimos que ya estaba bien de tanta indefinición, los perros venían cada vez más flacos, sucios y pulgosos, y los adoptamos con todas sus consecuencias.

En el veterinario. En segunda fila la que faltaba: Chiquita

Por último y para mi sorpresa, una noche de frío y lluvia oí gemidos en el jardín (para entonces los perros ya dormían dentro), eran las cuatro de la madrugada y me encontré con los cuatro cachorritos que Mamita había tenido al raso y que habían encontrado y seguido el rastro de su madre hasta la casa. De golpe ya teníamos ocho perros. Teniendo en cuenta que siempre tuvimos perros pero que habíamos decidido no tener más, el capricho del destino nos había gastado una bonita jugada.

No obstante, de los cuatro cachorritos conseguimos regalar tres, por lo cual ahora "solo" tenemos cinco.



jueves, 8 de diciembre de 2011

Mi ánimo

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No soy doctor ni profesor ni capitán. No he formado una familia ni tengo un círculo de amistades. No he cultivado disciplinadamente mi intelecto ni mi cuerpo. Para los más jóvenes ya soy un viejo y el tabaquismo está acabando con la firmeza de mis dientes.

Foto: Pterocephalus porphyranthus

Aunque siempre me ha preocupado el mundo, nunca emprendí iniciativa alguna... bueno sí, quizás el yoga y la psicología. He intentado comprender, ser bueno y sanar todo lo que hay de malo en mí y en él. Mi búsqueda de la felicidad ha consistido en mirar las cosas por el rabillo del ojo, y no con demasiada frecuencia pues las ocupaciones, los malentendidos y la dispersión han sido el grueso de todo ese tiempo transcurrido.

Pero a pesar de todo he madurado, ya no me engaño ni me engañan —es un decir— y sé lo que quiero. Quiero que mi mundo sea un mundo austero, sin excesivas cosas de las que tener que ocuparme: sin suelos para barrer, cristales para limpiar, cosas a las que quitar el polvo o proteger; sin demasiadas comodidades pero con la enorme dicha de no tener que estar abocado a contratos, obligaciones, ataduras... Solo tomar prestado lo imprescindible y mientras me sea posible. Y no voy a reclamar lo que me deben: esas constantes aportaciones dinerarias que se suponía me aportarían un retiro apacible. Voy a entregar lo mejor de mí mismo sin pedir nada a cambio.

Anoche tuve un sueño en el que sumergía la cabeza en una masa vegetal que, como un enorme bouquet de flores silvestres, suspendía en el aire. Y supe así, que la vida —mi mundo—, aún me depararía algunos momentos de felicidad como éste y quién sabe, quizás... el desenlace de una plenitud definitiva.


miércoles, 20 de julio de 2011

La lluvia es una maravilla en Sevilla

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No tengo mucho texto que añadir a estas imágenes. Me encanta la lluvia. En una época gloriosa de mi vida (yo era muy joven) viví en París durante todo un esplendoroso y lluviosísimo año, y he de decir que lo disfruté y recuerdo con devoción, mi juventud, la lluvia y a París (la ciudad más bella del mundo).

Soy una persona melancólica en general, con gusto por los colores fríos, la noche, el frío, el viento (eso es herencia montevideana), los días grises y lluviosos... aunque el día perfecto es una ligera brisa, un sol cálido y suave y un cielo azul claro salpicado de nubes algodonosas, pero para eso hay que ser feliz. Una gran tormenta está más acorde con mis necesidades anímicas corrientes, un cielo negro violáceo, relampagueante, desplegando toda esa violencia que no está fundada en el odio sino en la fuerza natural de lo grandioso.


Hay tristeza en el desencuentro, en la felicidad negada, en la soledad... Pero como ya dije, amo la frialdad y se me sobrecargan las baterías con el calor, quizás por eso mi vida ha sido y es un camino solitario, y nada mejor para adornarlo que una maravillosa y monótona lluvia, un delicadísimo chisporroteo intermitente, o una tremenda descarga de energía contenida.


miércoles, 15 de junio de 2011

Dudas amorosas

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Ella era preciosa, espontánea, atrevida, ingenua pero inteligente, valiente, desenfadada, sin dobleces, todo le interesaba, de todo quería probar y lo mejor: ¡Yo lo era todo para ella! Cuando hacía acto de presencia en cualquier lugar llamaba poderosamente la atención de los caballeros. Yo nunca fui un experto en las artes de ligar pero con ella me resultó muy fácil, me bastó cogerla de la mano, ella no me rechazó y esa misma noche se quedó a dormir. A partir de entonces fuimos uña y carne. En nuestros encuentros apenas hablábamos, todo era lenguaje corporal, sexual, amoroso. No nos interesaban las complicaciones de la vida sino la sencillez y la plena entrega a nuestra aventura. No pensábamos en el futuro, llegábamos tarde o faltábamos a nuestros compromisos con el mundo exterior, queríamos alargar las horas y los días, permanecer el mayor tiempo posible juntos. Nos entendíamos tan bien en la cama que una vez estando echados uno junto al otro copulamos sin haberlo pretendido. Por supuesto ese paraíso tenía las horas contadas (si no, no estaríais leyendo este post). ¿Qué falló? —No lo sé. Yo era joven y tonto, se me ocurrió que tenía que probar otras cosas y le dije que debíamos dejarlo por algún tiempo, y el tiempo pasó, y yo me olvidé de ella, y ella se emparejó con otro. Un día, andaba yo tras una chica que no me hacía demasiado caso, había comprado unas entradas para ir al teatro, no la había consultado previamente y como resultado obtuve una negativa, entonces, furioso y despechado cogí mi agenda y comencé a llamar a todas mis conocidas, prometiéndome que aquella que aceptara acompañarme sería receptiva de todo mi amor frustrado. La invitación sin apenas tiempo era una y otra vez rechazada pues todas parecían tener otros compromisos, me encontré sin buscarlo frente a su teléfono, hacía mucho que no sabía nada de ella pero ya casi era mi último recurso, así que la llamé, hablamos, y aceptó. Llegó tarde y llorando, se había peleado con su compañero: ¡Vivía con otro y se había escapado para venir conmigo! Esa noche no se quedó a dormir pero me dijo que iba a romper su relación. Dicen que segundas partes no son tan buenas como primeras, pero siempre hay una excepción que confirma la regla porque esa segunda etapa fue aún mejor que la primera, solo que había un pequeño problema: ella debía romper su otra relación, y no fue fácil. Al final todo terminó como el rosario de la aurora: Descubrí que me ponía los cuernos con su ex, con cualquier desconocido, e incluso (aunque eso no me importaba) que era bisexual, llegó a proponerme que hiciéramos un trío con una conocida suya (me negué). Por último rechazó que veraneáramos juntos, se fue a vivir a otra ciudad y no volví a saber de ella. Bueno sí, hubo un tercer intento por su parte de retomar la relación, pero no cuajó y, afortunadamente para mi salud mental, nuestro maltrecho amor se diluyó poco a poco en la nada.


jueves, 9 de diciembre de 2010

La nube y la carretera

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Es un día claro y azul. Dos jóvenes guardabosques andaluces contemplan una solitaria y bien delimitada nube blanca que asciende por la ladera. Su trayectoria hace que ésta se dirija derecho a la cabaña. No pueden dar crédito a lo que está ocurriendo: La nube blanca se ha deslizado dentro de la casa y ha quedado atrapada. Ahora, en la cabaña está nublado y afuera brilla el sol. Rodeados de montes y aislados del mundo, han sido testigos de un hecho digno del pasaje de un cuento para niños. Un acontecimiento fortuito, lleno de belleza, ensoñación caprichosa y encantador sin sentido.

Un chico muy joven conduce por la noche a gran velocidad, le acompaña un amigo y a ambos les espera un largo camino. La carretera es peligrosa, llena de curvas y trazados inesperados. En la soledad de la ruta nuestro conductor tiene la suerte de alcanzar a otro automóvil, es un coche deportivo con matrícula extranjera y lleva una velocidad parecida a la suya. Decide no adelantarlo, mantenerse a cierta distancia con objeto de dejarse guiar, descansar y rebajar la tensión del viaje. De esta forma pasan varios kilómetros tras lo cual el deportivo disminuye la velocidad al tiempo que encendiendo sus intermitentes transmite una señal inequívoca de que desea ser adelantado. Ahora se han cambiado las tornas y es el chico quien guía al extranjero. Pasan otros tantos kilómetros y nuestro joven conductor decide que ya ha terminado su turno indicando a su seguidor que él también desea ser adelantado. Se establece así un acuerdo tácito según el cual los dos veloces conductores se van a ir alternando en el liderazgo del viaje. Pero el caso es que pendiente de ese juego, entre divertido y curioso, nuestro personaje ha descuidado mirar el indicador de su depósito de gasolina y el coche se queda sin combustible. El deportivo extranjero desaparece en la lejanía, mientras él se aparta al arcén. El amigo que lo acompaña propone hacer autostop y en muy poco tiempo consigue detener un vehículo y hacer que le lleven hasta la gasolinera más cercana. El joven conductor se queda sólo. Es muy tarde y la carretera está desierta. Es noche cerrada, sin luna ni estrellas y no se distingue luminosidad alguna.Todo es oscuridad, excepto el tramo de carretera que iluminan los faros del coche. Hace un rato ya, que su amigo se ha marchado, cuando cree escuchar unas voces lejanas. Parecen provenir del campo ¿pero de dónde? ¡si allí no hay nada! Las voces se repiten y ahora sí, las escucha perfectamente. Asustado y asombrado de lo que está ocurriendo recuerda que la puerta del maletero (desde la que se tiene acceso al resto del coche) está abierta y armándose de valor decide bajarse a cerrarla, regresar rápidamente y asegurar el resto de las puertas. Su coche ya es hermético, se siente más tranquilo y permanece expectante por lo que pudiera ocurrir. Las voces son lastimeras, lejanas, y se suceden a intervalos de unos pocos minutos, pero no se ve ni ocurre nada. En eso, llega un coche de la guardia civil. El muchacho les cuenta lo sucedido pero, para que no lo tomen por loco, omite mencionar el asunto de las voces. Puestos al corriente de la situación los agentes están a punto de marcharse cuando se vuelven a oír las voces. El joven conductor está embargado por la emoción pues ve cómo, delante de él, los guardias civiles también han oído las voces y se internan en el campo con sus linternas. El enigma está a punto de revelarse porque en ese momento y gracias a la tenue luminosidad del alba comienza a divisarse la silueta de un camión que permanecía volcado unos metros más allá. —Las voces no eran otra cosa que las llamadas del conductor accidentado pidiendo auxilio—. Tras el amanecer todo se resuelve: el conductor del camión es rescatado y trasladado en ambulancia, el amigo llega con la gasolina y los guardias civiles aunque enfadados con nuestro héroe (pues sospechan acertadamente que éste debió de oír las llamadas de socorro pero no hizo nada) ayudan a empujar el coche que no puede arrancar porque se ha quedado sin batería.