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Si miras al cielo la luz del sol te ciega, pero por las noches la vista se te pierde por un espacio infinito y cristalino. En las ciudades uno se olvida de robar algo de tiempo para tumbarse a contemplar el espectáculo maravilloso de un cielo nocturno.
Oí decir que los antiguos egipcios dormían al aire libre, que sólo después debieron acostumbrarse a dormir dentro de sus casas, y que por eso pintaban los techos de sus dormitorios de negro y con estrellas. Reloj cósmico lleno de intencionalidad o soles abrasadores danzando por precisas leyes físicas, su visión siempre tiene un efecto fascinador. Sólo lo que yo soy, mi cuerpo, y la vida que habita en mí, es tan grande como el firmamento. Allá arriba todo es majestuoso pero frío, aquí adentro todo es calor y palpitación. De pronto no quiero seguir mirando este mundo en blanco y negro y necesito calor. Ya no quiero más silencio sino el sonido de la risa, de la música, y el murmullo de la voz. Y a ella, aunque una vez la encontré, la volví a perder. Se está nublando, se ha levantado viento y comienza a oler a tierra mojada. Todavía tengo un nítido recuerdo de cuando cada quehacer cotidiano era un acontecimiento y la ciudad entera nos pertenecía; los besos en público, la prisa al desvestirnos nada más traspasar el umbral de la casa, las cartas que intentaban mitigar la distancia de cualquier pequeña separación. Pero ahora hace frío y ya no se ven las estrellas. Me voy, y cuando llegue a casa tomaré un buen vino tinto y pensaré en cómo eran sus labios rojos.
Imagen: La Vía Láctea y la Cruz del Sur
Blue note jazz
Hace 1 mes

